Durante las vacaciones de diciembre hice un viaje a las espléndidas tierras del sur de España, visitando lugares emblemáticos como Granada, Córdoba y Sevilla. Al ascender de vuelta a Madrid, me detuve en dos sitios por los que parece que el tiempo nunca pasó: Cáceres y Trujillo. En este último, al centro de su plaza mayor, se yergue altiva una escultura de Francisco Pizarro, conquistador de tierras sudamericanas. Por su parte, tan sólo este fin de semana se llevó a cabo la última función de la obra teatral Mestiza, cuya protagonista es nadie menos que Francisca Pizarro Yupanqui, hija del conquistador. Cuán presentes están en nuestro tiempo estas figuras del pasado…


No hay duda de que uno de los orgullos de una nación como España son sus exploradores y, sobre todo, sus conquistadores, aquéllos que extendieron los dominios del imperio. Así, podemos encontrar monumentos a Cristóbal Colón por todos sitios, desde Madrid, pasando por Sevilla donde se encuentran sus restos, hasta llegar a Barcelona. De Hernán Cortés, por su parte, hay esculturas en lugares como su natal Medellín y también en Cáceres.


Sin embargo, el lugar privilegiado que ocupa en la plaza mayor y el impacto que causa a la vista, no permiten trazar comparaciones con la estatua dedicada a Francisco Pizarro en Trujillo, lugar donde nació el conquistador en el año de 1478. De la conquista de los territorios del Perú han pasado casi 500 años, medio milenio y, a pesar de ello, su imagen permanece con todas las glorias y fracasos que se le pueden atribuir. Su recuerdo sigue presente en el centro de esa plaza, en los libros de Historia y en las aulas de clase. Pero también en las salas de teatro.


Escrita por Julieta Soria y dirigida por Yayo Cáceres, en enero y febrero de 2019 se representó la obra Mestiza en el teatro Fernán Gómez de Madrid. Cuatro personajes en escena y una sola escenografía fueron suficientes para adentrar al público a la Historia de la conquista del Perú, la de la familia Pizarro e incluso la de la literatura de oro española. En la obra vemos a un joven Tirso de Molina que se interesa por el pasado de Francisca Pizarro Yupanqui, hija del conquistador y de la princesa inca Quispe Sisa. El legendario dramaturgo hurga en su historia para componer una nueva pieza teatral mientras ella recuerda las injusticias y crueldades a las que su familia fue sometida.


Yendo y viniendo del pasado al presente, recorriendo los pasillos del teatro, ofreciendo cacao a los espectadores y cantando algunas coplas, Mestiza recupera temas históricos que, por desgracia, continúan en el presente, tales como la discriminación y el racismo. Entre otras cosas, los diálogos nos hacen ver que en realidad el legendario debate entre Las Casas y Sepúlveda sigue presente en cada palabra que se pronuncia en discursos xenófobos; no estamos muy lejos de aquellas discusiones que parecerían superadas. Y, como toda buena obra, en ésta vemos algunos de los sentimientos más profundos del ser humano, como la soledad y el desarraigo. Hacia el final de la representación, encontramos a una Francisca Pizarro Yupanqui orgullosa de ser mestiza, una Francisca Pizarro Yupanqui que le da la vuelta a la frase y presume ser de aquí y de allá.


Brillante puesta en escena que mueve tanto a la emoción como a la reflexión. Para quien se haya quedado con las ganas, hay oportunidad de asistir a las representaciones de Todas hieren y una mata, obra hermanada con Mestiza y también dirigida por Yayo Cáceres, hasta el 24 de febrero.