No se trata de formular profecías, ya que el futuro no está dado ni es inexorable. Por el contrario, debemos explorar y entender lo que afecta a la sociedad para descubrir posibilidades, elegir la mejor y emprender acciones para alcanzarla. Tal explicó el historiador Roger Chartier en una conferencia que nos da bastante en qué pensar.


Hoy por hoy, se publica una ingente cantidad de textos en torno a qué sucederá próximamente en el mundo: cómo será la nueva vida, cuál será la normalidad, qué ganaremos y qué perderemos. Pareciera que todo es muy claro: por ejemplo, que ya nadie más trabajará en una oficina porque las empresas se han percatado de que el rendimiento de los trabajadores es mayor si están en su hogar; o que ya no existirán tiendas físicas porque ahora todos saben que pueden pedir cualquier producto por internet y recibirlo en su domicilio. Pero ante ese mar de especulaciones superficiales, ideadas a botepronto quizá como producto de la “desaforada esperanza” (como diría Borges), conviene pensar no en cuál será el futuro, como si se hubiera fijado de antemano al estilo de las profecías que regían el pensamiento mítico, sino en cuál queremos que sea el futuro.


Este año, la Feria Internacional del Libro de Bogotá se llevó a cabo de manera virtual. Las decenas de conferencias planeadas con tantos meses de anticipación no se suspendieron por la pandemia, sino que se trasladaron a Facebook Live. La charla inaugural estuvo a cargo de Roger Chartier, historiador francés que ha dedicado su carrera a estudiar la historia de los libros, de la literatura y de la lectura. Chartier comenzó por declarar que ahora mismo la tecnología facilita que un buen número de actividades continúe en marcha: gracias a los libros electrónicos, seguimos leyendo; gracias a las plataformas de streaming, podemos verlo a él desde cualquier lugar del mundo. Pero, recalcó, es esencial entender que estas alternativas son sustitutos y de ninguna manera equivalentes.


Dentro de muy poco tiempo, cuando la pandemia por el covid-19 sea superada, el mundo podrá elegir entre dos opciones: 1) adoptar las medidas de emergencia (por ejemplo, las conferencias virtuales) como las nuevas acciones ordinarias o 2) volver a las prácticas anteriores a la pandemia. Parece obvio, pero implica demasiado. De inclinarse por la primera, mucho podría sacrificarse. Contra ello, Chartier expresa categóricamente que no podemos perder la materialidad ni la sociabilidad.


Pensemos en todo aquello que, solo en la esfera de los libros, podría quedar en el olvido. El júbilo de asistir a la presentación de un libro largamente ansiado, de hacer fila para que el autor firme tu volumen, de leer la dedicatoria quizá sin entender la letra del escritor. Las emociones al momento de comentar un libro recién leído en un círculo de lectura, ya sea que lo hayamos amado u odiado. Pasear por los corredores de una librería como quien navega entre olas de libros, naufragar hasta una sección no esperada y hallar un volumen que puede terminar entre nuestros favoritos. Entablar una conversación con un librero, un amigo o un maestro con el único fin de preguntar por recomendaciones para nuevas lecturas.


¿Estamos dispuestos a perder todo ello? ¿Qué estamos dispuestos a hacer para mantener y, por el contrario, hacer de todo ello algo aún más gozoso? “Un mundo sin librerías, sin ferias de libro, sin el libro impreso sería un mundo triste”, dice Chartier. No podemos menos que estar de acuerdo. Y por ello, en lugar de resignarnos a lo que parece ser el futuro de los libros y de los lectores, más vale ir pensando en cómo lograr el futuro que queremos para ellos y para nosotros.


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*Ilustración de Jorge Mendoza para la novela La conquista de la tecnología.