En una minificción publicada hace años, Agustín Monsreal escribía un verdadero tratado sobre la propia minificción; bajo el título “De los castigos de la realidad”, afirmó: “Ay, cómo le pueden a mi cuerpo las cosas minúsculas: una piedrita en el zapato, una espina en un dedo, una basurita en el ojo.” Nada más, en cursivas, por supuesto, porque este par de líneas encierra mucho, quizá demasiado. Hay quienes repiten la idea de que la vida está constituida por pequeñas alegrías que hacen que merezcan la pena los tragos amargos del día a día. Hay también quienes lo toman con cierta ironía, al estilo de Groucho Marx, y declaran que “la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…” Sea como sea, es innegable que las pequeñas cosas a veces son grandiosas. Entre ellas, la minificción ocupa un lugar central.


Desde sus inicios con autores como Borges, Julio Torri y César Vallejo, este género ha ido creciendo, no en extensión, sino en profundidad. Gracias a autores como Augusto Monterroso, llegó a cierto pináculo con el que alcanzó a más gente. ¿Quién no ha leído o escuchado “El dinosaurio”? Y entonces, al menos en Hispanoamérica, el género comenzó a consolidarse tanto desde la trinchera artística como desde la crítica. Hoy son múltiples los foros y publicaciones para la escritura y el análisis de la minificción, aunque enfrenta dos problemas. Por una parte, encara una situación similar a la del género policiaco en sus primeros 100 años de existencia: es considerado un género menor (o ni siquiera un género). Eso, por supuesto, pone a los autores a la defensiva y polariza a los críticos. El segundo problema es compartido con otros géneros breves como la poesía: la abundancia de material en línea y la abundante capacidad acrítica de los lectores actuales diluyen las fronteras entre el arte que tiene una poética de fondo y el arte por ocurrencia.


Lo que es innegable es que la minificción tiene sus propias demandas: exige del autor una enorme pericia con la brevedad, rigurosidad en la elección de las palabras todavía mayor que en el cuento y dominio de la intertextualidad, entre otras cosas. Y, en su naturaleza de hecho expresivo, exige otro tanto del lector: una lectura absolutamente concentrada, un pensamiento capaz de tejer relaciones y, como en todo, cierta formación que le permita apreciar los recursos desplegados por el autor.


Interesante es lo que sucede cuando un artista deja de estar a la defensiva y se deja llevar con total libertad. Cuando un autor se olvida de que la extensión máxima convencional de las minificciones es de 250 palabras, cuando deja de pensar que un microrrelato debe relatar algo, cuando deja de pensar en cuáles son las características que los críticos definen como propias del género y simplemente usa las que su intuición poética le dicta, tenemos un resultado como Los pigmeos vuelven a casa (2016), de Agustín Monsreal.


Casi 50 páginas de preliminares, ridiculizaciones a las teorías de identificación del autor con el narrador, sátiras sociales en textos de lo más serios, lenguaje oral transcrito a la perfección, nuevas interpretaciones de los relatos clásicos y un largo etcétera se suman a la revelación que constituye este libro, revelación que le deja claro a cualquier lector y cualquier crítico que está ante un género único que tiene capacidades únicas, que lo breve puede ser inmenso, que el reducido tiempo de impresión puede jugar a favor de la capacidad expresiva.


Sin duda soy uno de esos seguidores de aquel texto de Monsreal y pienso “cómo le pueden a mi cuerpo las cosas minúsculas”, entre ellas las minificciones. Aunque no sea una novedad editorial, yo celebro este libro por lo mucho que lo disfruté como lector, por lo que permeó en mí como autor y, sobre todo, por lo que, a mi juicio, significa en la historia del género: la superación de la postura defensiva y de la necesidad de legitimarse. Con esto, quizá, el género se abre paso a una nueva etapa de mucha mayor libertad.