Hay pocas cosas tan emocionantes como ver el rostro de un niño en el momento exacto en el que descubre algo nuevo, más todavía cuando se trata del descubrimiento de una capacidad. Aquello sucedió el domingo 18 de marzo de 2018, en Axapusco, Estado de México, durante el Festival de las Flores, al que asistí como autor invitado.


Por iniciativa de los propios pobladores de la región, este mes se llevó a cabo la primera edición del Festival de las Flores, cuyo objetivo fue atraer a las personas que año con año visitan Teotihuacán durante el equinoccio de primavera. Axapusco, tierra reconocida por su producción agrícola de plantas y flores, abrió sus puertas y ofreció todo tipo de productos regionales. El evento, por supuesto, necesitaba de cultura y artes para cobrar vida. Por ello, los organizadores Josué Ramírez y Kimberly Vardy me invitaron como escritor.


Para mi participación desarrollé dos actividades. La primera de ellas fue una charla titulada “La muerte de Sherlock Holmes”, en donde hablé sobre el desafortunado episodio del detective más famoso de todos los tiempos y de su fascinante resurrección. Jóvenes y adultos exploramos, además, la gran cantidad de personajes de las últimas décadas que son herederos del protagonista de los relatos de Arthur Conan Doyle, tanto en la literatura como en el cine y la televisión.


Al final de la charla, los artistas invitados al festival fuimos recibidos en una casa acogedora. Junto con los amigos que me acompañaban ese día, Roberto Rosas y Omar Hernández, gozamos de una deliciosa comida. Con el estómago satisfecho y las energías renovadas, regresé a la acción y di inicio a la actividad que a mí mismo me emocionaba más: un taller para niños en el que aprendieran a escribir cuentos. Originalmente lo había planeado para niños de los últimos grados de primaria y secundaria, pero se unieron más pequeños e incluso chiquillos que todavía no aprendían a escribir.


Nos sentamos en un círculo y comenzamos a hablar de los cuentos que todos conocemos: Caperucita Roja, Blancanieves, El Rey León y otros más. Después les pregunté cuántas palabras creían que eran necesarias para escribir un cuento; las cifras sugeridas, por supuesto, fueron altas. Sin embargo, con minificciones de autores como Juan Armando Epple, Agustín Monsreal y Fredric Brown, vimos que no se necesita más que unas cuantas palabras y entendimos, juntos, los elementos de un relato.


Hecho eso, llegó el momento de poner manos a la obra. Con papel de colores y un lápiz, los niños se entregaron a la creación. Echaron a andar su mente y dieron vida a nuevas historias. Uno por uno fueron terminando su relato, percatándose de que ellos también podían contar historias, quedando fascinados con una capacidad que no conocían hasta entonces. Reían y disfrutaban con lo que los demás leían. Su expresión era de felicidad pura y, no satisfechos con un solo intento, con ternura me pidieron permiso para escribir otro cuento. Lentamente nos encaminamos hacia el final, mientras los padres también aprendían estrategias para incentivar a sus hijos a escribir y ellos partían con el deseo de llegar a su hogar a seguir creando historias.


El Festival de las Flores deja un fuerte legado tras de sí. Es una demostración de lo que los habitantes de un lugar pueden hacer por sí mismos (huelga decir que no se recibió ningún apoyo gubernamental). Igualmente, permite ver lo vital que es la cultura en cualquier celebración, pues arranca sonrisas a niños y grandes, y enriquece a todos por igual, brindándoles una experiencia que nunca olvidarán y que puede marcar su vida por siempre. Me enorgullece haber participado en esta primera edición del Festival de las Flores y hago votos porque muy pronto sea reconocido en todo el país.