En México no hay ciudad ni pueblo que no tenga una calle que lleve el nombre de Miguel Hidalgo. Las siguientes suelen ser José María Morelos, Benito Juárez y Francisco Madero. En el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México hay un monumento a Cuauhtémoc y otro a Cristóbal Colón, además de dos hileras con bustos de políticos liberales del siglo XIX. Y yo me pregunto: ¿cuántos monumentos a artistas hay?


Como lo comenté en una colaboración para Revista de la Universidad, una de las cuestiones que más me ha llamado la atención durante mi estancia en España es el enorme reconocimiento del que son objeto los artistas, especialmente los escritores, tanto de tiempos antiguos como más recientes. Veamos el caso de Madrid. En primer lugar, se conserva lo que fue el Barrio de las Letras, es decir, las calles donde, por decreto real, estaban obligados a vivir los escritores, actores, directores y otras personas de oficios relacionados con lo que hoy conocemos como “literatura”. Ahí, donde yo mismo he dado visitas guiadas, está ampliamente señalado el sitio donde vivió Cervantes y también la casa de Quevedo; la residencia de Lope de Vega hoy es casa museo y alrededor del convento de las trinitarias hay placas que señalan que ahí estuvo la hija de éste, también poeta y dramaturga. Asimismo, sobre el suelo constantemente encontramos versos, pasajes de novelas y fragmentos de discursos de notables personajes.


Fuera del Barrio de las Letras hay mucho más en el resto de Madrid. Baste mencionar el nombre de algunas estaciones de metro como Tirso de Molina y Antonio Machado… A la antigua Metropolitano incluso le cambiaron el nombre hace dos meses para convertirla en Vicente Aleixandre en honor al premio Nobel de 1977. Pero el reconocimiento no se limita a los artistas nacionales, pues hay bibliotecas públicas que llevan el nombre de latinoamericanos que bastante han aportado a las letras hispanas, tales como García Márquez y Vargas Llosa.


Salgamos de Madrid. En una de las entradas a Toledo, vemos algunas líneas con las que Cervantes describió la ciudad. En la radiante mezquita-catedral de Córdoba se señala el lugar donde reposan los restos de Góngora. En Cáceres hay una efigie de Rubén Darío. En Segovia encontramos el nombre del Arcipreste de Hita en lo más alto del acueducto romano. La lista continúa, dejando ver que hay más héroes que los políticos o los conquistadores. La literatura, literalmente, está en las calles.


¿Qué impacto tiene esto? En primer lugar, lograr familiaridad con personajes claves de la cultura. Es un hecho que no todos saben exactamente quiénes son o fueron estos personajes, pero a punta de repetir su nombre al menos la gente lo recordará y con eso aumentarán las probabilidades de que se interese por ellos. En segundo lugar, a largo plazo conduce a un reconocimiento de aquellas figuras, dándoles su lugar al lado de otras calificadas tradicionalmente como “héroes”. Un reconocimiento, sin embargo, que no debe ser ciego, sino que ha de partir del entendimiento de lo que los personajes aportaron a su respectiva época y la forma en que moldearon la cultura hasta nuestros días; es decir, una comprensión realmente histórica. Ahí, claramente, deben participar las instituciones culturales y académicas. Esto, en conjunto, da como resultado una sociedad imbuida en la cultura e incluso partícipe de ella, situación indispensable para el bienestar y desarrollo de cualquier nación.


¿Así que por qué no sumar a los artistas al panteón de personajes históricos mexicanos? ¿Por qué no erigir una estatua a Francisco Zarco o nombrar una estación de metro en honor a López Velarde, personajes que estuvieron en el centro de la cultura nacional? ¿Por qué contentarnos con la casa museo del poeta en Jerez si su obra da para tener una efigie suya en cada ciudad? ¿Y el Nobel a Octavio Paz no es motivo suficiente para ver sus versos por las calles? ¿Qué tal si afuera del bar la Ópera de la Ciudad de México hubiera una placa que recordara que ahí pasaba largos ratos Filiberto García, el protagonista de El complot mongol? Y no me refiero exclusivamente a escritores, sino a todos los artistas, cuyo nombre ha sido relegado, escondido bajo el de caudillos y todo tipo de políticos que hoy dan nombre a calles, plazas y estaciones. Porque tras la familiaridad vendrá el reconocimiento y con él, una formación cultural más global. Ahora que México está en época de transformaciones, ésta sería una muy buena para empezar.