“¡No tengo tiempo!” “Comienzo en vacaciones”. Son los clásicos pretextos con los que postergamos tomar los cursos con los que queremos aprender y disfrutar. ¡Pues te tengo noticias! Ya son las vacaciones y no quiero que dejes pasar ni un minuto más para que realmente cumplas con tus metas y satisfagas la curiosidad que tienes desde hace tiempo. Por eso, durante el mes de julio, la Biblioteca Troconis tiene 30% de descuento en todos mis cursos en línea. Así, directo, sin “peros” ni pasos adicionales. ¡30% de descuento en todos mis cursos! Quiero ser tu guía por la escritura, la literatura y la historia. Estos son los cursos que podrás disfrutar este verano:
Elemental, mi querido Hitchcock: explora cómo se ha transformado el género policiaco tanto en la literatura como en el cine y las series. Investigaremos a los propios detectives y seguiremos sus huellas para explicarnos cómo han interactuado con las historias de gángsters, el suspenso e incluso la fantasía. Haz clic aquí.
Curso de apreciación de poesía: descubre qué es la poesía, cómo ha evolucionado, sus ritmos, formas y propósitos. Aprende a leerla, escribirla y declamarla para disfrutarla a fondo. Ideal tanto para quienes aún no conectan con ella como para quienes ya la aman y quieren profundizar. Haz clic aquí.
Taller de redacción y comunicación: aprende desde ortografía y gramática básica hasta técnicas para presentar y pulir tus textos. Mejora tu redacción en correos, WhatsApp y otros formatos, y descubre herramientas de grandes escritores para cautivar a tus lectores. Al finalizar, tu escritura será más clara, profesional y creativa. Haz clic aquí.
Word para escritores, editores y otros seres fantásticos: domina el formato de textos: interlineado, sangrías, listas, tablas y más. Aprenderás a corregir con agilidad, dar forma de libro a tus documentos y crear plantillas útiles para tu trabajo. El resultado: textos mejor presentados que abren más puertas y oportunidades. Haz clic aquí.
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Yo sé que, para este punto, lo único que te preguntas es qué curso elegir primero y cómo aplicar tu descuento. Lo primero depende de ti y lo segundo se hace de esta manera:
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Lupas, deducciones, armas y técnicas forenses han cruzado la literatura y el cine desde hace tiempo. Edgar Allan Poe le regaló al mundo el primer detective literario en 1841 y Arthur Marvin llevó a uno por primera vez a la pantalla en el año de 1900. Desde entonces, los detectives, sus ayudantes y también sus archienemigos se han apoderado de las páginas, de la pantalla grande y de la chica, y también de la mente de sus lectores y espectadores.
El género policiaco ha sido una de mis pasiones desde muy pequeño. Primero lo fue como joven lector, luego como escritor y finalmente como investigador. Dediqué mi tesis de licenciatura a ese tema y luego he escrito más novelas de esa tradición, entre ellas La joya robada, que recibió el Premio Nacional de Literatura Fenal Norma. A su lado, otra de las artes que me encanta es el cine, que ha retratado de forma extraordinaria a los detectives y también a los criminales.
Ahora me enorgullece lanzar el curso “Elemental, mi querido Hitchcock”. En él veremos cómo se ha transformado el género policiaco tanto en la literatura como en el cine y las series. Investigaremos a los propios detectives y seguiremos sus huellas para explicarnos cómo han interactuado con las historias de gángsters, el suspenso, la fantasía y hasta el narcotráfico.
Este curso será virtual para que puedan unirse personas de todos los rincones del orbe. Será a lo largo de los 4 sábados de abril de 10 am a 12 pm (horario de la Ciudad de México). Además, todas las sesiones se grabarán por si algún inscrito no puede asistir a alguna.
En la primera sesión veremos cómo se forjó la tradición literaria del policiaco con los primeros detectives como Auguste Dupin, así como la forma en que Sherlock Holmes y Hercule Poirot saltaron al cine. En la segunda sesión hablaremos de la fusión con el género negro y la llegada de los chicos malos con autores como Dashiell Hammett y Raymond Chandler; fue ese el momento en que Hitchcock dirigió películas llenas de suspenso y en que Humphrey Bogart se puso gabardina y sombrero.
En la tercera sesión hablaremos de las series donde ahora resultó que la policía era buena: C. S. I., La ley y el orden y muchas más. Para terminar, hablaremos sobre las mezclas del policiaco con otros géneros en la actualidad, a partir de casos como Élmer Mendoza y el narcotráfico, y Dolores Redondo y la fantasía. Traeremos a colación incluso las nuevas versiones de Poirot en el cine.
Un deleite para todos aquellos que gustan de resolver enigmas, leer buenos libros y disfrutar el cine. ¿Están listos? Pues… ¡acción!
¿Quieres más información? Déjanos tu correo y te contactaremos.
En las últimas semanas he recibido muchas impresiones sobre La joya robada por parte de lectores que van avanzando a través de sus capítulos o que ya terminaron la novela. Cuando platico con ellos, me gusta hacerles tres preguntas en particular: ¿quién sospechabas tú que era el asesino?, ¿cuál fue la escena que te dio más risa?, ¿cuál es tu frase favorita del libro? En esta entrada, quiero compartir a ustedes las 10 frases que más han gustado a otros. Lo que me encanta de la selección es que hay frases tanto de los momentos más cómicos como de los más tristes. Aquí van:
Llorad cuanto podáis, que la tristeza abandona nuestro cuerpo por medio de las lágrimas.
Calla, ruin bellaco, hideputa bribón, inmunda rata, bestia de carga, rastrera serpiente, escoria malparida, almorrana del diablo.
Los delitos son una expresión de la condición humana, un estallido de los sentimientos.
Las ausencias también indican presencias, tanto como los silencios hablan.
¿Qué hay, mi señor, más mudable que la voluntad del ser humano?
Hay que ir, por tanto, siempre a los fechos. Solo en ellos podemos creer. Todo lo demás es ilusión, una sombra, una ficción. (Punto extra para quienes saben de dónde vienen las últimas palabras. Pista: es un autor del Siglo de oro.)
Sé quién soy hoy, sé qué siento, sé qué deseo; pero os ruego que no me preguntéis quién seré mañana, qué sentiré ni qué desearé ese día. No lo sé porque cambio, no lo sé porque el mundo cambia.
Aceptar las pérdidas es tan bueno al alma como abrir los brazos a nuevas venturas.
Esto es tan verdad como que nadie se baña dos veces en el mismo río y que ningún caballero andante derrota al mismo gigante en dos ocasiones.
Hemos de vivir nuestros años como si el mundo y sus elementos fueran para siempre, pero con la conciencia de que no lo son: así sabremos entregarnos sin mesura y sabremos también aceptar los finales.
Gracias, amigos lectores, por compartir conmigo lo que más les ha gustado de La joya robada. El detective don Quijote y yo nos regocijamos de saber que disfrutaron estas aventuras y las palabras en las que están expresadas.
En cuanto a mí, confieso que la 10 es mi favorita entre todas y también que río desbocadamente cada vez que leo la forma en que don Quijote insulta al asesino con la número 2.
¿Y usted, querido lector? ¿Usted por cuál de estas frases vota como favorita?
“El sentido último de la literatura es crear comunidad”, escuché decir a Luis García Montero, poeta y director del Instituto Cervantes. Hace unos días, fui uno de los autores invitados en Verdial, Fiesta de la Cultura y las Letras Iberoamericanas. Gracias a la iniciativa de los escritores Jorge Volpi y Fernando Iwazaki, en Málaga, España, se dieron cita artistas como Juan Villoro, Brenda Navarro, Héctor Abad Faciolince, Piedad Bonnett, Pedro Ángel Palou, Socorro Venegas, Daniela Tarazona, José Pulido y Alejandro González Iñárritu. Mi querida Lucy Zamora y yo contribuimos con un taller para escritores de literatura infantil y juvenil, lo que nos dio oportunidad de compartir hotel, comedor y eventos con muchos de esos artistas, disfrutando y aprendiendo con ellos. En esta entrada de mi blog, quiero compartir algunas reflexiones a raíz de esos momentos de convivencia tan cercana.
Fernando Iwasaki en conversación con Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2017
Al lado de García Montero (España), en una charla sobre la pérdida y el duelo, Piedad Bonnett (Colombia) afirmó que la literatura puede tener dos propósitos: incomodar y armar conversación. Las dos tienen un valor tremendo, pues hay muchos temas de los que no se habla y el arte tiene la capacidad de traerlos a la mesa para abrir el diálogo. Y por eso, terminaba García Montero, si bien hay una literatura que solo busca el entretenimiento del lector, también hay otra que lo pone en contacto con su realidad.
Por otro lado, autores como Héctor Abad Faciolince (Colombia) y Lina Meruane (Chile) hablaron sobre la enfermedad, pues algunos de sus libros proceden de experiencias de ese tipo. Refiriendo trasplantes, cirugías a corazón abierto e incluso la pérdida de la vista, discutieron sobre la antigua división del cuerpo, la psique y el alma. ¿Son tres distintos o uno solo? Héctor dijo que suele ocurrir que, cuando estamos bien, olvidamos que hay un cuerpo; pero en cuanto algo falla o duele, lo recordamos con pesar. La enfermedad suele ir relacionada con la muerte, otro tema clave en la literatura.
En muchos de los encuentros, los escritores coincidieron en que escribir es una especie de búsqueda hacia el interior, un intento de dar respuesta a interrogantes propias. Jesús García Calero (España), editor del ABC Cultural, lo resumió con estas palabras: “La buena literatura es conocer lo que no conocemos”. Lo es tanto para el escritor como para el lector. Después de un buen libro sabemos algo que antes ignorábamos: de nosotros mismos o de otros. Leer ensancha nuestro mundo conocido.
Fue sorprendente descubrir otros puntos en los que diversos artistas convergían. En un mismo día, por ejemplo, en dos salas muy alejadas una de la otra, Julia Santibáñez (México) y Luis García Montero citaron el “Romance sonámbulo” de Federico García Lorca, demostrando que hay textos que forman parte fundamental de la herencia literaria hispanoamericana. “Verde que te quiero verde. / Verde viento. Verdes ramas…”
Lucy Zamora y yo en medio de nuestro taller de literatura infantil y juvenil
Una entrada de blog no alcanza para compartir con ustedes que me leen la experiencia completa de Verdial. Por eso, Lucy y yo hemos dedicado a ello un capítulo de nuestro podcast “Y los sueños sueños son”. A partir del 22 de mayo, podrán escuchar en Spotify y ver en YouTube una charla con mucho más de este festival. Y si nos siguen en TikTok y los dos canales de Instagram, además encontrarán las entrevistas que hicimos a aquellos colosos de las artes. Agradecido de esta tremenda experiencia en Málaga, me alegro de compartirla con ustedes en tantos formatos distintos. No se lo pierdan.
Fotografía de Jorge Luis Borges, tomada de la BBC.
Nuestra aventura más reciente en el círculo de lectura es el famoso ciego de Buenos Aires, el autor del inolvidable cuento “El Aleph”, el reseñista de libros inexistentes, el hombre que dijo “soñé esta mañana que me moría, sentía una gran sensación de alivio”. Nadie más y nadie menos que Jorge Luis Borges.
Mi primer contacto con sus cuentos fue durante la carrera. Primero cayó en mis manos “La muerte y la brújula” —que leí cabeceando de sueño— y luego “La casa de Asterión” —que me conmovió profundamente—. Pero fue hasta la maestría cuando realmente me puse a leerlo con el lápiz en la mano. Me enfrenté a su libro Ficciones, empezando por “La biblioteca de Babel”. Quedé impresionado por la cantidad de ideas tan deslumbrantes que sentía llegar a mi mente, a la vez que percibía la curiosa —y preciosa— sensación de que había muchas cosas que me pasaban inadvertidas porque no conocía todas las referencias.
Luego leí el dificilísimo de pronunciar “Tlön Uqbar Orbis Tertius”, donde el narrador habla de un libro que no existe con tanto detalle que te hace pensar que tiene que existir. Dentro del cuento vi nombres conocidos, como el de Alfonso Reyes y Bioy Casares, y fui entendiendo los mecanismos que Borges usa para despistarnos, para hacernos confundir realidad y ficción. En otras palabras, las estrategias que usa para reírse de lo tradicional, de lo “legítimo”, y para carcajearse con todo aquel que entienda su juego.
A los pocos días llegué lentamente a “El Aleph”. Hubo pistas que no entendí (¿qué rayos tenía que ver la tal Beatriz Viterbo con todo el asunto?) sino hasta tiempo después, conversando con un amigo amante de Borges —quiero decir, de su literatura—. Comprendí que a Borges había que leerlo con paciencia, con el afán de hacer una autopsia de sus textos, de ir removiendo capas hasta dar con lo esencial. Ese mismo cuento me enseñó algo más sobre Borges: que es un seductor de mentes.
Curiosamente, en ese tiempo releí paralelamente El llano en llamas, de Juan Rulfo. Al leer a estos dos autores al mismo tiempo, me percaté de una diferencia sustancial: Rulfo me llegaba al corazón; Borges al cerebro. Con Rulfo, la frase “¿No oyes ladrar los perros?” me hacía sentir el mismo agotamiento que quien la pronunciaba y la súplica “Diles que no me maten” me hacía experimentar el miedo a ser fusilado. Sentía en las entrañas: con Rulfo sentía algo absolutamente emocional.
Borges, por el otro lado, me impresionaba intelectualmente. Cuando se arranca a enumerar todo lo que vio en el Aleph, en esa especie de microcosmos que contiene todo lo existente, enlista elementos en los que yo jamás habría pensando (“vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte”), pero sobre todo comete la osadía de decir estas tres palabras: “vi tu cara”. ¡Wow! Rompió la cuarta pared y, en medio del caos que está enunciando me dice, quitado de la pena, que me vio a mí. ¡A mí!
Es el mismo tipo de impresión que se siente al leer “El jardín de senderos que se bifurcan”, cuando llegas a la línea que dice “El porvenir ya existe”. ¡Por Dios! ¿El futuro, que no ha ocurrido aún —por eso es futuro— ya existe? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿En qué tablilla está escrito? Son frases que podemos pasar de largo si no abrimos bien los ojos o si buscamos otras cosas en los cuentos de Borges. Para mí es eso: un cúmulo de sorpresas intelectuales. Y, como soy de esas personas que se sienten atraídas por lo cognitivo, yo no puedo evitar derretirme con Borges.
Bueno, con muchos de sus cuentos, no todos. No quiero idealizarlo. Y acepto que formo parte de un tipo particular de lector y que hay muchos a quienes esas sorpresas retóricas, literarias o conceptuales no les significa nada. Yo aplaudo a quien lee a Borges concienzudamente y dice “No me gustó”, también quitado de la pena, porque siempre he defendido que todo lector tiene el inalienable derecho a decir que un libro o un autor no le gusta, sea quien sea, haya recibido los premios que haya recibido. Porque al final eso es la lectura: conocer a otros a través de sus palabras y ejercer la crítica sobre ellas. Pero, por supuesto, para juzgar antes hay que leer y hay que hacerlo bien, hasta sus últimas consecuencias. Hay autores y libros para todos. Nosotros hemos venido a esta vida a conocer y disfrutar a todos los posibles.
En ocasiones me siento como un fraile, uno que se desvive por llevar no la palabra de Dios, sino el evangelio de la literatura hasta el último rincón de la Tierra. Constantemente converso con amigos y conocidos sobre el acto de leer. Algunos son apasionados y la conversación se da naturalmente. De un momento a otro, ya estamos hablando sobre nuestros autores y obras favoritos. Otros son lectores nuevos o no tan entusiastas, pero siempre hay un libro en común del que podemos hablar. Sin embargo, hay cierta clase de personas que se rehúsa a todo intento de ser bautizada: quienes dicen que no tienen tiempo de leer. Lo entiendo, porque a mí también me pasó en cierta etapa, pero el tiempo me ha hecho ver que esa frase es una enorme mentira.
Con paciencia franciscana, yo intento escuchar las razones por las que aquellas personas no leen. El trabajo es la más común. “Pf, estoy hasta el tope de trabajo; no me da tiempo de nada”. Otros hablan de la familia, sobre todo quienes tienen hijos pequeños. Y luego están los que tienen más pasatiempos que dedos, que brincan de un lado al otro en un mismo día para llegar a la clase de boxeo y después a la de pintura y al final a la de cocina. Pero para leer no, para eso no tienen tiempo. Aunque, como dicen ellos, “cómo quisieran tenerlo”.
Séneca declaraba que el único dueño de nuestro tiempo somos nosotros mismos y que, dentro de cierto margen, somos capaces de elegir a qué lo destinamos. Haciendo a un lado las obligaciones de las que no podemos librarnos de ninguna forma (incluyendo el tiempo que dedicamos a nuestras relaciones como la familia, la pareja y los hijos), a todos nos queda una buena cantidad de tiempo al día. Sí, bastante buena si hacemos las matemáticas. Y podemos decidir qué hacer con ella. La primera elección quizá sea si se la dedicamos a otros o a nosotros mismos. ¿Seguir trabajando, salir con amigos, hablar por teléfono, escribir por WhatsApp? ¿O mejor hacer algo que nos llene a nosotros mismos? Lo que sea, pero para nosotros: hacer ejercicio, dar un paseo, cantar, pintar, ver una película…
Es cierto que muchas veces, ya que dimos el primer paso de decidir darnos nuestro propio tiempo, caemos en lo más fácil: como ponernos una serie de 100 capítulos que llenará nuestro siguiente mes o como deslizar el dedo por las redes sociales hipnotizados por frases cortas, imágenes y videos fugaces. Eso no requiere ningún esfuerzo y, en cambio, suprime eficazmente el tiempo de encuentro que tenemos con nuestro yo más profundo y nos evita pensar sobre nosotros mismos.
Y claro, cuando venimos a ver, ya es noche, ya es muy tarde, ya no hay tiempo para otras cosas. Mucho menos para leer. Pero no pasa nada: leer no es urgente, nadie se ha muerto por no leer. Puedo hacerlo mañana. O pasado. O la próxima semana. Y total, si no lo hago, no pasa nada… Y así vamos dejando la lectura, posponiéndola o, mejor dicho, anulándola.
Ya en la entrada anterior cité a Borges diciendo que no se puede obligar a nadie a ser feliz (pues yo estoy convencido de que la lectura nos hace más felices), pero mi vocación evangelizadora me obliga siempre a intentar dar un empujón a quienes aún no han entrado al mundo de la lectura. ¿Cómo empezar a darnos nuestro propio tiempo para leer? Lo primero es fijarnos una meta. Hace unos años, yo mismo decía que no tenía tiempo para leer más que aquello que era parte de mi trabajo como escritor y como docente. Pero decidí que leer por placer me gustaba tanto que lo haría siempre al despertar y al acostarme. Mi día empezaría y terminaría con ese placer. ¿Cuánto? Al menos dos páginas. A veces leo un cuento completo o un par de capítulos, pero las dos páginas las cumplo siempre. Incluso cuando estoy muerto de cansancio me esfuerzo por mantener ese hábito.
Después de intentar con otros horarios, para mí esos dos son los mejores porque a lo largo del día se pueden presentar muchas situaciones fuera de nuestro control que afecten nuestro tiempo de lectura. Pero cada persona puede adaptar esto a su forma de vida. Y puede fijar cierto tiempo en lugar de una cantidad de páginas o encontrar otro tipo de metas.
Un mecanismo más que resulta muy útil es leer con otra persona o incluso con todo un círculo de lectura. Compartir las lecturas en tiempo real con otros apasionados es un buen impulso para mantener nuestra disciplina. Así lo disfrutaremos aún más. Y veremos que cambiamos las conversaciones sin importancia por las pláticas sobre los mundos fantásticos que estamos viviendo.
A mis círculos de lectura llegan personas por su propia cuenta, pero también hay grupos enteros de amigos, hermanos, parejas de novios o de esposos y hasta padres y madres con sus hijos. Entran juntos y muchas veces organizan un tiempo de lectura colectiva en casa. Todos ellos se dan su espacio para leer y respetan la lectura del otro. (Porque eso también pasa a veces: que cuando alguien te ve leyendo piensa que no estás haciendo nada y te interrumpe sin el menor empacho. Pero ese será el tema de la siguiente entrada.) Todos juntos leyendo cada quien por su lado, un oxímoron precioso.
Concluyo ahora. Leer es un placer, es nuestro placer. Y así como nos damos tiempo para respirar y comer, podemos hacernos tiempo para vivir otras vidas a través de los libros. Hay formas de hacerlo, no cabe duda. Podemos empezar por estas sugerencias. El que no lee, no es porque no tenga tiempo, es porque no se da el tiempo. En otras palabras, el que no lee es porque no quiere.
Con el paso del tiempo, los historiadores terminan por resignarse a ser vistos por sus amigos como enciclopedias con patas; como entes que albergan en su mente y en su vientre una infinita cantidad de nombres, fechas, lugares, causas y consecuencias; como inteligencias listas para pronunciar cualquier dato duro que se les pida. En realidad, la memoria no es más que una capacidad necesaria para el historiador, pero su verdadero trabajo es el análisis de los datos, la interpretación de los vestigios que la historia ha dejado y el entendimiento del ser humano en otras épocas y, sobre todo, en el presente. Desde hace años pienso que la mayor deuda que las profesiones poco conocidas tienen con el resto de la sociedad es permitirle acceder a su trabajo, contarle qué estudia, cómo lo hace, por qué y para qué. Por eso, tomo este 12 de septiembre, Día del historiador en México, como pretexto para compartir de forma breve y simple a qué rayos se dedica un historiador, sin entrar a las espinosas discusiones que los conceptos más básicos de este quehacer despiertan siempre en el gremio de la musa Clío.
Habrá que comenzar por preguntarnos qué es la Historia. Marc Bloch la definió como la ciencia que estudia al ser humano en el tiempo. Repito: el tiempo, no el pasado. Esto es fundamental porque ¿para qué estudiaría alguien el pasado? Podría hacerlo, como aficionado, para contar con un infinito repertorio de datos curiosos que no sirven para nada más que para abrir la plática un buen domingo durante el desayuno. O podría hacerlo, como los historiadores, para entender el camino que ha transitado el ser humano hasta llegar a donde está ahora. Los historiadores estudiamos el pasado, sí, pero porque estudiamos el presente y este no se puede entender sin aquel. R. G. Collingwood escribió:
Conocerse a sí mismo significa conocer lo que se puede hacer, y puesto que nadie sabe lo que puede hacer hasta que lo intenta, la única pista para saber lo que puede hacer el ser humano es averiguar lo que ha hecho. El valor de la historia, por consiguiente, consiste en que nos enseña lo que el ser humano ha hecho, en ese sentido lo que es el ser humano.
Si no estuviera anclada al presente, la Historia como disciplina no tendría ningún sentido, sería una mera interpretación de datos destinados a saciar la curiosidad sobre otras épocas. Y esto va mucho más allá del tan conocido “hay que estudiar la historia para no repetir los mismos errores”. La Historia se encarga de detectar los cambios y las permanencias en la larga duración, es decir, no en lo que dura una vida humana o una coyuntura, sino en el tiempo que se extiende una cultura, todo el tiempo a lo largo del cual el ser humano se relaciona con su medio de una misma manera. ¿Qué es lo que permanece inmutable a lo largo de la época del Imperio romano? ¿Qué es lo que cambia constantemente en la Edad Media? ¿Por qué algunas cosas se mantienen estáticas y otras nacen y fallecen con asombrosa rapidez en el siglo XIX mexicano? Eso nos habla no solo de los romanos, de los europeos medievales o de los mexicanos decimonónicos, sino también de todos los seres humanos, incluidos nosotros.
Y es que todo fenómeno histórico está asociado a otros. Para entender la guerra entre Rusia y Ucrania que se vive hoy, es necesario partir de la formación de la URSS a principios de los 1900 y pasar por el Pacto de Varsovia y la OTAN a mediados del siglo. Para hacernos una idea de cómo enfrentar una pandemia, es útil repasar lo que se ha hecho en ocasiones similares. Para comprender el actual modelo político de México, es menester volver la mirada a los sexenios anteriores.
Y entonces, ¿qué rayos hace el historiador? Este profesional es formado para adquirir los conocimientos mínimos necesarios para moverse en cualquier época y región, entendiendo las particularidades de cada una. Y, sobre todo, es formado para hacerse de la sensibilidad y las destrezas necesarias para adentrarse con mayor detalle en cualquiera de ellas cuando lo necesite. Por eso, la tan común pregunta “¿Tú estudias Historia de México o Historia universal?” carece de sentido. El historiador estudia la historia y ya está. Es cierto que la vida lo lleva a especializarse en determinados espacios geográficos y épocas, pero ante todo es un historiador capaz de sumergirse, entender e interpretar cualquiera de ellos.
En estas últimas palabras hay un término clave: el significado del verbo interpretar. “¿Qué hay que interpretar”, podrá preguntarse cualquiera, “si la Historia es una y ya está escrita?” Claro que la Historia es una, pero, en primer lugar, no siempre está escrita y, en segundo, lo que se escribe de la Historia no es exactamente la Historia, sino solo su representación. ¿Acaso el recuento que quien lee esto hace de su día es exactamente el día con todos sus detalles? ¿Acaso dos personas involucradas en un mismo hecho lo relatan de la misma manera? Hágase el siguiente ejercicio de imaginación: ¿los soldados de Hernán Cortés habrán descrito la conquista de México-Tenochtitlan de la misma forma que los guerreros mexicas? Unos y otros contaron su historia. ¿Qué es real? ¿Qué fue inventado? ¿Qué callaron y por qué lo hicieron? Eso es lo que el historiador interpreta. ¿Y cómo lo hace? A través de las fuentes, es decir, los vestigios que ha dejado el pasado: documentos oficiales, cartas, diarios, música, pinturas, literatura, edificios… todo aquel lugar donde el ser humano haya dejado su huella.
Volvemos: ¿entonces qué rayos hace un historiador? Cuando el presente lo exige —y créanme, lo exige minuto a minuto—, interpreta el pasado para aportar una mirada informada y amplia a su propia época. ¿Y cómo lo hacemos? Investigamos constantemente, nos especializamos en ciertas materias y compartimos nuestros resultados, interpretaciones y opiniones a través de distintas plataformas: libros, artículos en revistas especializadas, entrevistas, programas en medios, conferencias académicas y de divulgación. Y, asimismo, los historiadores también escribimos libros de texto para los alumnos, cargados de nuestra propia interpretación; libros que buscan ayudarlos a complejizar su propia realidad. Y somos docentes en distintos niveles educativos para fomentar el pensamiento crítico. Y trabajamos en archivos donde otros historiadores podrán encontrar fuentes para sus investigaciones. Y participamos en la organización de exposiciones en museos abiertos a todo público. Y escribimos novelas históricas y hasta asesoramos películas y series de televisión, porque no podemos negar que el relato de la Historia también es fuente de entretenimiento. Y asesoramos políticos para que sepan lo que dicen y lo que hacen. Todo esto, por supuesto, lo hace el historiador que tiene la posibilidad de realmente dedicarse a la Historia, lo cual —hay que decirlo— no es común dentro de la realidad laboral que vivimos. Pero sí, eso y más hace un historiador y por eso su participación en tantos ámbitos es vital y necesaria para la sociedad.
Hace muy pocos días, conversé con Belén Zuazúa, amiga íntima española e historiadora del arte. De alguna forma, llegamos a hablar sobre algo que nos ocurre a ambos y probablemente a todos los historiadores y, me atrevo a decir, a todos los humanistas: con una impresionante frecuencia, en cualquier conversación nos tornamos abogados del diablo, cuestionamos todo lo que escuchamos de nuestro interlocutor y le ofrecemos —a veces en tono francamente retador— muchas otras posibilidades de interpretación. En resumidas cuentas, nunca estamos de acuerdo y siempre estamos proponiendo otras opciones. “Debe ser castrante para los otros”, le dije a Belén; “creo que dejaré de hacerlo”. Pero ella me hizo ver el por qué: como humanistas, estamos formados para ver el actuar humano como un fenómeno realmente complejo, como enormes granadas que llevan en su interior una cantidad inimaginable de materiales explosivos. Las cosas nunca son tan fáciles, todo está relacionado, las coyunturas no suceden porque sí, nada surge de la nada, el humano no es un ser pasivo sino un agente, la política se vincula con la cultura y viceversa, la economía no va por su propio camino, los militares también son personas de carne y hueso, hombres y mujeres están sujetos a estructuras de pensamiento… Por eso, cuando alguna persona se refiere a un hecho cualquiera con tremenda simplicidad, nosotros quedamos patidifusos y solemos saltar al ruedo, tal vez no a escupir la verdad —nosotros no la sabemos, quizá nadie—, pero sí a complejizar el asunto, a invitar al otro a considerar que el hecho al que se refiere tiene muchas más capas que analizar antes de emitir una opinión al respecto. Y esa invitación no es sino una exhortación a entender mejor, a dar al asunto la importancia que merece y, por lo tanto, a encontrarle una respuesta que esté a su altura.
Los historiadores, pues, nos dedicamos a hacer ver —a nosotros mismos, a los colegas y a los no historiadores— la complejidad de la realidad humana y la necesidad de estudiarla con detalle para comprenderla y ser capaces de tomar las mejores decisiones. La cosa, como expresó Roger Chartier en 2020, no es predecir el futuro —como a veces también se nos pide que lo hagamos—, sino tender ante la sociedad las posibilidades de futuro que tenemos y coadyuvar a transitar el mejor camino.